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Reverberación de un diamante
a punto de estallar en estado de vigilia
Para Juan José Sebreli
Derribaron el muro de las emanaciones celestes tan sólo con un soplo. Al principio nadie quiso hablar, pero las agonías huyeron hacia el río, infernales y visibles. ¿Cómo incubabas el tejido de una piel para soñar de nuevo una casa hecha de puertas ausentes, abiertas de par en par hasta el descubrimiento? El asco estaba lleno de aves trepadoras cuando te hundiste en el muelle, lacerado. Un animismo de bocas disfrazadas partía el aire, en suspenso el incensario imposible de todo paraíso. Era dócil la luz perversa gimiendo por los muslos (tan perversa como la súplica del reo en las misericordias de una pesadilla.) ¡El día con sus caretas desvestidas por el ácido de aquella soledad! Alma redemptoris, me ataste a las semillas ocultas de un cinamomo de anunciación cuando corriste a las entrañas de un libro revestido del rocío primal que brota por la cara y estas manos y se desliza hasta el cielo atroz del abandono. ¿No ha de crucificarme un trono de cortezas? ¿Pero no asalto la mansión del abandono? ¿Qué más padre y madre que una sombra de palabras? En tiempos de revelación yo arrancaría guijarros a la sumisión de las noches, curando la muerte incrustada en esas tenues ranuras que crecen por detrás de los ojos. Máscara de huesos y de sangre llevando alimento a las camas incendiadas en las nupcias del ungido y del verbo: ¿qué aguardas del despojado final? ¿Una corona de humo admirable? ¿Tal vez la bienaventuranza perdida entre las lianas de una genealogía de olvidadas aldeas en el mapa sumergido de tu historia? ¿Una morada para ensayar el infierno en las ciudades? ¿Una sede donde estrujar el castigo con la mutilación de la sola fisura en la parodia? Ábranse, remotísimas. ¡No hay, no puede haber paz entre los regocijos del llagado! El grito sufre de resplandores. La sed unigénita llama a su pascua en mitad de la lluvia y ves piedras y un caldero en la heredad del luto. Rotan las columnas de arena. El nacimiento era un costado doliendo hasta la precaria y absurda vejez de toda especie. Jamás el rapto. ¿Qué significan las moscas preparatorias del dulce hedor de los que duermen? Siempre se alejan. Ven a mostrarme un abanico de musgos. La música rugosa nada en mí hasta el principio. Escarbo entre los surtidores. ¿Quiénes faltan aquí? Ardentísima la idea en su ataraxia insoluble. El merodeador solitario bebe el centro del diamante. ¿Y más allá?
Manuel Lozano
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